

Villa Cañás y una línea que no se puede cruzar
SOFIA ZANOTTICuando alguien decide ingresar a un templo para robar o provocar destrozos, no solamente comete un delito. También vulnera un límite profundo, uno de esos que sostienen la convivencia cotidiana y que no deberían cruzarse nunca.

Se puede creer o no. Se puede compartir o no una religión. Se puede participar o no de la vida de una institución. Pero hay algo que está por encima de cualquier diferencia: el respeto. Y cuando ese respeto se rompe, ya no se trata solo de un objeto robado o de una puerta dañada. Lo que se resiente es el sentido mismo de comunidad.
Que una iglesia tenga que cerrar sus puertas por la tarde en una ciudad como Villa Cañás debería hacernos reflexionar seriamente. Porque no estamos hablando de una gran ciudad anónima, sino de una localidad donde todavía nos conocemos, donde nos cruzamos todos los días, donde se supone que siguen vigentes ciertos valores básicos.
También hay una responsabilidad colectiva. Porque frente a hechos como este, la pregunta no es únicamente quién fue. La pregunta también es qué nos está pasando como sociedad para llegar a este punto. El silencio, la indiferencia y la costumbre de mirar para otro lado también terminan construyendo este escenario.
Villa Cañás no puede aceptar que esto se vuelva normal. No puede resignarse a que un templo, una institución o cualquier espacio de encuentro tenga que cerrarse por miedo. No puede acostumbrarse.
Hay límites que no se negocian. Hay líneas que no se pueden cruzar. Y lo que pasó en la Parroquia San José es una de ellas.



















