La proteína C reactiva desplaza al colesterol como marcador cardíaco
La inflamación crónica se consolida como un factor central para evaluar el riesgo cardiovascular, según nuevas recomendaciones científicas que proponen ampliar los controles médicos tradicionales.
Las enfermedades cardiovasculares continúan siendo una de las principales causas de muerte en el mundo occidental, a pesar de los avances en prevención y tratamiento. En este contexto, recientes directrices impulsadas por el Colegio Estadounidense de Cardiología proponen un cambio de enfoque: la proteína C reactiva (PCR) se posiciona como un marcador más preciso que el colesterol para estimar el riesgo cardíaco.
Durante décadas, el colesterol —en especial el LDL— fue el parámetro central en la evaluación cardiovascular. Sin embargo, la evidencia científica acumulada en los últimos veinte años puso el foco en la inflamación de bajo grado como motor del daño vascular. La proteína C reactiva, producida por el hígado ante procesos inflamatorios, permite detectar ese riesgo de manera temprana mediante un simple análisis de sangre.
Según explica la especialista Mary J. Scourboutakos en un análisis publicado en The Conversation, valores inferiores a 1 mg/dL indican bajo riesgo, mientras que niveles superiores a 3 mg/dL se asocian con una mayor probabilidad de eventos cardiovasculares. En Estados Unidos, más de la mitad de los adultos presentan cifras elevadas, lo que refuerza la necesidad de revisar las estrategias de prevención.
La inflamación cumple un rol clave en el desarrollo de la enfermedad cardíaca. Cuando los vasos sanguíneos se dañan —por tabaquismo, glucosa elevada u otros factores— el sistema inmune responde acumulando células inflamatorias que, junto al colesterol, forman placas en las arterias. Con el tiempo, estas placas pueden romperse y generar coágulos, desencadenando infartos o accidentes cerebrovasculares.
En este nuevo paradigma, el colesterol deja de ser el único protagonista y pasa a integrarse en una mirada más amplia que incluye otros marcadores como la apolipoproteína B y la lipoproteína(a). Mientras esta última depende casi exclusivamente de la genética y requiere solo una medición en la vida, la PCR puede modificarse a través de hábitos cotidianos.
La alimentación rica en fibra, el consumo de frutas, verduras, frutos secos y semillas, junto con la actividad física regular y el control del peso, demostraron reducir los niveles de inflamación. También influyen el descanso adecuado, la gestión del estrés y la eliminación del tabaco.
En septiembre de 2025, el Colegio Estadounidense de Cardiología recomendó incorporar la medición universal de la proteína C reactiva en los chequeos de adultos, junto a los estudios lipídicos habituales. El objetivo es construir un perfil de riesgo más completo y permitir intervenciones preventivas personalizadas.
Este enfoque, ya aplicado en Estados Unidos, podría extenderse a otras regiones, incluida Latinoamérica, donde el impacto de las enfermedades cardiovasculares sigue siendo elevado. La prevención eficaz, coinciden los especialistas, requiere mirar más allá del colesterol y considerar la inflamación como un eje central de la salud vascular.
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