El impacto geopolítico del triunfo de Trump en el Russiagate

El Mundo 30 de marzo de 2019 Por
La decisión de Robert Mueller, luego de dos años de investigaciones con el respaldo de al menos sesenta agentes federales de diferentes áreas, de informar sobre la inexistencia de evidencias acerca de una conspiración entre Donald Trump, su campaña del 2016 y Rusia para influir en el resultado de la elección nacional fue sin duda la noticia internacional más destacada de las últimas semanas.
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La decisión de Robert Mueller, luego de dos años de investigaciones con el respaldo de al menos sesenta agentes federales de diferentes áreas, de informar sobre la inexistencia de evidencias acerca de una conspiración entre Donald Trump, su campaña del 2016 y Rusia para influir en el resultado de la elección nacional fue sin duda la noticia internacional más destacada de las últimas semanas.

La euforia que poco tiempo atrás sectores del Partido Demócrata dejaban traslucir frente a posibles malas noticias desde este frente judicial sobre el presidente americano quedaron en la nada y ahora lo que impera es la silenciosa e íntima convicción de que Trump se dirige muy posiblemente a su reelección en el 2020. Fenómeno facilitado en parte por la inclinación demasiado a la izquierda de las figuras más visibles y mediáticas de los demócratas. No casualmente el residente de la Casa Blanca los suele castigar mostrándolos como versiones más tímidas del pensamiento socialista y estatizante, que en sus versiones más extremas llevan a colapsos como el de Venezuela.

Pero un tema central está pasando desapercibido en la mayoría de los análisis. Nos referimos a cómo el fin de esta espada de Damocles que pendía sobre el mandatario americano puede abrir progresivamente la puerta a un diálogo más fluido y con visión estratégica de largo plazo entre Washington y Moscú. Ya en el 2016 en ámbitos académicos y quizás en algún café cara a cara con Trump en estos años, Henry Kissinger ha venido insistiendo en la necesidad de normalizar y darle previsibilidad a ese vínculo bilateral entre las dos principales potenciar militares del mundo. De tal forma que Estados Unidos pueda focalizar sus fuerzas y energías en el desafío geopolítico más importante que enfrenta y enfrentará en las próximas décadas, o sea, China.

Kissinger ya a comienzos de los años 70 convenció al entonces presidente Nixon de avanzar en un acercamiento diplomático y comercial con la archicomunista China de Mao. De tal forma de aprovechar la tensión entre ellos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) desde fines de los años 50. Momento en que Mao comenzó a atacar a los dirigentes soviéticos por haber abandonado y criticado la herencia totalitaria de Stalin. Esos chispazos retóricos llegaron a un choque armado en la frontera en 1969.

En la visión de este famoso y agudo especialista americano, la prioridad era la contención y la derrota a largo plazo de la URSS en su condición de rival más poderoso en ese momento. Cinco décadas después, su sabio consejo es cambiar el foco y poner en ese lugar a China, dejando a Rusia como un socio natural para moderar y limitar el avancen del gigante asiático. Con el correr de los meses y más aún en un eventual segundo mandato, Trump tiene oportunidad de dar pasos hacia esta distinción y diálogo estratégico con Putin.

Ello requerirá concesiones, capacidad de autolimitarse y tener la paciencia y la sabiduría para comprender los intereses del otro. Este nuevo clima que se puede comenzar a dar entre Washington y Moscú tiene en el tema Venezuela un más que interesante campo de ensayo. La dirigencia rusa deberá sopesar si es conveniente afectar seriamente esta oportunidad de acercamiento por aumentar la apuesta en el destrozado país caribeño.

Asimismo, los Estados Unidos deberán reconocer cuáles son los intereses claves rusos en esta situación y buscar formas realistas y creativas de resguardarlos, y ni que decir en zonas sensibles como Ucrania, Báltico, etcétera. En la visión de Kissinger, el clima de tensión y enfrentamientos estériles entre Washington y Moscú son solo buenas noticias para la ascendente China.

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