País anestesiado

Hace unos años, en un cóctel plagado de empresarios y funcionarios en un hotel céntrico, un empresario de Uruguay me explicó la que para él era la principal diferencia entre ellos y nosotros. "Ustedes son demasiado tolerantes a la corrupción", sentenció el uruguayo, y planteó como ejemplo el caso de un estrecho colaborador del ex matrimonio presidencial a quien se lo investigaba por evidente enriquecimiento y que, según el empresario, pasaba tristemente desapercibido por la sociedad argentina.

Hace unos años, en un cóctel plagado de empresarios y funcionarios en un hotel céntrico, un empresario de Uruguay me explicó la que para él era la principal diferencia entre ellos y nosotros. "Ustedes son demasiado tolerantes a la corrupción", sentenció el uruguayo, y planteó como ejemplo el caso de un estrecho colaborador del ex matrimonio presidencial a quien se lo investigaba por evidente enriquecimiento y que, según el empresario, pasaba tristemente desapercibido por la sociedad argentina.

Las encuestas desparramadas en los últimos años le dan la razón al empresario oriental: la corrupción no figura en el ranking de preocupaciones de los argentinos. Nos anestesiamos. Vivimos entre escándalos, todo emana olor nauseabundo, pero lo naturalizamos. Lo banalizamos. Tuvo que ser la obscenidad de un grupo de personas que brindaba con whisky y contaba millones de dólares la que despertara a la sociedad y a la Justicia del letargo de la última década. Y hasta ahí nomás.

VIVIMOS ENTRE ESCÁNDALOS, TODO EMANA OLOR NAUSEABUNDO,

PERO LO NATURALIZAMOS. LO BANALIZAMOS.

Una ex presidenta, sus más estrechos colaboradores y socios, y la primera plana de su gabinete están sospechados, investigados e incluso algunos procesados por múltiples delitos vinculados a la corrupción y a diversas irregularidades tras su paso por la función pública. Tuvieron que pasar años y cientos de millones despilfarrados en propiedades y tierras para que un funcionario judicial se pasara días enteros frente a las cámaras de televisión con una excavadora en el sur del país. Perfectamente televisivo.

Banalizamos tanto eso como al ex juez más políticamente promiscuo de la última década que ahora es invitado a la TV a dar clases de baile. Hasta la principal señal de cable ofreció un tutorial para aprender a bailar como él. El juzgado de ese ex magistrado, solo por citar un ejemplo, perdió las pruebas de una de las más emblemáticas investigaciones de estos tiempos: el juicio por ese expediente, el de la denominada "mafia de los medicamentos", quedó paralizado con fecha incierta por ese extravío.
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El auditor de la Nación, el encargado de controlar la gestión de los funcionarios, afronta serios frentes judiciales, acusado, entre otros delitos, de encubrir a uno de los principales socios de la ex presidenta. El organismo que dirige, clave para el sano ejercicio del poder, está virtualmente paralizado desde hace meses. El auditor, sin embargo, no quiere dejar su lugar. Nos acostumbramos también a eso, como a que el Presidente aparezca vinculado con sociedades familiares radicadas en paraísos fiscales, o que la principal aliada del oficialismo le achaque a uno de los más estrechos integrantes del círculo presidencial que presione a los jueces federales.
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Escenarios normales, en medio de versiones de internas dentro del oficialismo en torno a la conveniencia, o no, de que la antecesora del Presidente sea encarcelada. Apiñado junto a él entre la multitud, el corresponsal de un importante diario europeo me confesó frente a los tribunales federales de Comodoro Py, a principios de abril, que no podía entender cómo una ex presidenta había sido llamada a indagatoria con tanta premura por un juez de primera instancia por un caso como el de la venta de dólar a futuro.

A juzgar por la reacción de la sociedad, todo eso nos parece normal. O como que el ex vicepresidente se apropie de la única imprenta privada del país capaz de imprimir papel moneda de curso legal y otros valores. O que los recaudadores y apoderados de la campaña de la ex presidenta del 2007 estén a punto de ser procesados en los primeros días de junio, según fuentes judiciales, cuando el juez de la causa vuelva de un viaje por el Vaticano. El magistrado se basa en la hipótesis de que en el financiamiento de la primera campaña presidencial de la ex presidenta se habría lavado dinero.

Contra eso, aunque suene redundante, también nos anestesiamos. Como de otros incontables escándalos con los que convivimos a diario, y analizamos como si fueran casi normales. Como el caso de la plana mayor de la barra brava de uno de los cinco clubes grandes del fútbol argentino que le rindió homenaje a su líder, fallecido en un accidente de tránsito, dentro del estadio un día cualquiera de la semana. El presidente de ese club es el principal sindicalista del país. ¿O acaso eso no es normal? ¿O no lo es, por ejemplo, que la asociación madre del fútbol, el deporte más popular de la Argentina, esté al borde la intervención y con un serio proceso judicial en marcha que investiga irregularidades en torno a los millones repartidos por los derechos de televisación?

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Solemos mirar para otro lado, es cierto, pero mientras tanto la sociedad se corroe. Según un sondeo encargado el mes pasado por el Ministerio de Seguridad, el 83% de los encuestados asegura no concurrir a estadios de fútbol, y entre los que van poco más del 40% suelen sentirse "poco" o "nada seguros" en la cancha. Es que para colmo también nos acostumbramos a que la hinchada visitante no pueda seguir a su equipo: de acuerdo a ese muestreo, el 42% de los consultados cree que la vuelta de los hinchas visitantes a los estadios es "poco" o "nada importante".

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